martes, 8 de junio de 2010

cero ochocientos-enamorados anónimos

Cuando te enamoraste de ese ser más que de tu propia vida, y ni siquiera te diste cuenta de esa verdad. Ciego, sordo y mudo te volvías ante esa felicidad que imaginaste que juntos compartían y cuando pensaste que esa sensación estaba bajo control ya era demasiado tarde, ya era una adicción. Como cualquier droga que te vendía una ilución, una sensación de placentero amor, necesitabas más. Siempre más. Te confundías ante el hecho de que no sabias si el dar hasta lo que no tenías era para ver su felicidad o complacer tu adicción por un día más. En un comienzo te alcanzaba el humo de esa pacifica sensación de sus abrazos. Luego, sin darte cuenta te aspirabas hasta sus besos como si cada uno fuera el último; y ya hundido en una adicción, necesitabas como al agua, una inyección de su vitalidad. Lo consumías cada vez más. Cegado ante la realidad, Sordo ante sus quejas y mudo ante sus peticiones querías más y ya no había. Cuando ya no lo tenías aceptabas tu enfermedad y como todo en la vida, ya no había segunda oportunidad. Y en la total abstinencia te das cuenta de la cruda verdad, él se comportó como una droga más. Esas sensaciones de alegría eran apenas mentiras difrasadas como realidad a la sombra de iluciones que sólo vos veías y sentías.
Sólo quedaste con la amarga sensación
de haber vivido una enfermedad.

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